dimarts, 13 de maig de 2008

SIN PATRIA PERO CON PAPELES

El reconocimiento de una saharaui como apátrida por el Supremo esperanza a quienes viven en el limbo legal - Hay 15 millones de personas sin nacionalidad

"Quitarte la nacionalidad es quitarte la vida; es como regresar al mundo primitivo de los hombres de las cavernas o los salvajes... Podrías morir y no dejar rastro". Esta frase de Los orígenes del totalitarismo (1951) describe el desgarro de la pensadora alemana Hannah Arendt, apátrida durante 16 años. Un sentimiento que comparten cientos de saharauis indocumentados en España. Por eso decenas se miran en el espejo de una compatriota a quien el Tribunal Supremo reconoció como apátrida en noviembre. La sentencia ha hecho que los alrededor de 100 extranjeros que solicitaban cada año hasta 2007 ser reconocidos como apátridas -de los que únicamente lo conseguía un 4%-, se han convertido en más del doble en 2008. Tras el pequeño revuelo causado con la sentencia, la apátrida prefiere seguir en el anonimato.

Para esta saharaui ha sido un vía crucis de siete años con paradas en la embajada de Argelia, una comisaría del País Vasco, la Audiencia Nacional y por fin el Supremo. Nacida en el Sáhara español, hoy ocupado por Marruecos, salió del campo de refugiados de Tinduf (sur de Argelia) con pasaporte argelino -documento que se otorga sólo para viajar-, y Argel se negó a renovárselo ya en España. Así que con un documento que acreditaba esta negativa argelina, el DNI español de su padre, y el número del último censo, de 1974, arrancó el peregrinar. "No sabía qué hacer. No existía jurisprudencia y acudí a la Audiencia Nacional", cuenta la abogada.

"La sentencia no ha cambiado el marco jurídico en España. Se consideró a la mujer apátrida por aspectos de carácter formal. Y sí, es verdad que cientos de saharauis del campo de refugiados de Tinduf han solicitado la apatridia, pero ellos tienen pasaporte argelino y están protegidos por el Estatuto de Refugiados. No va a concedérsele", afirma María Jesús Gallego, del Ministerio del Interior, cartera de la que depende la Oficina de Asilo y Refugio (OAR). La Delegación Saharaui para España rebaja la cifra hasta algo más de un centenar.

María Jesús Vega, del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en España no comparte la opinión. "Esta sentencia marca un hito en la declaración de apátridas a saharauis. Parece indicar, por un lado, que no hay un título legal para ocupar el territorio de Sáhara Occidental, y que Marruecos no puede imponer su nacionalidad a sus habitantes, ya que se trata de un acto voluntario de cada persona".

La ONU habla de 5,8 millones de apátridas pero reconoce que pueden alcanzar los 15 millones. Personas que no pueden escolarizarse, casarse, comprarse una casa, abrir una cuenta o votar. Pese a la Convención de los Refugiados de 1951 y el Estatuto de los Apátridas de 1954 no hay freno. "Hay situaciones estructurales que no tienen solución a corto plazo -Sáhara o Palestina-, y zonas de riesgo -las repúblicas surgidas de la ex URSS, Somalia, Kosovo o Montenegro-", sostiene Mauricio Valiente, secretario general en funciones de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). "La obsesión de los gobiernos por el control de las migraciones me hace no descartar la apatridia en el mundo rico", alerta. Su organización creó un equipo jurídico específico tras la aprobación en 2001 del Reglamento del Estatuto de Apátridas en España.

Dentro de la propia Unión Europea miles de personas en Eslovenia fueron borradas del registro de residentes en 1992 porque no supieron beneficiarse de la solicitud de ciudadanía. Son los "casos borrados". Y en Letonia 400.000 rusos son para su administración los "no ciudadanos". "La política de asilo en la UE deja un margen de maniobra tan amplio que los Estados cambian alguna cosa, como la terminología, y eso no tiene una significación en la práctica", precisa Valiente.

Nepal ha concedido la nacionalidad a 3,5 millones de personas "pero siguen quedando en Asia decenas de miles de apátridas de minorías que permanecen en la invisibilidad en Bangladesh, Myanmar, Malaisia o Tailandia", lamentan en ACNUR. Aurelia Álvarez, profesora de Derecho Internacional Privado en León, denuncia que España incumple el Convenio sobre el Estatuto de los Apátridas que favorece la nacionalización de los reconocidos como apátridas: "No tiene ningún sentido que quien cuente con el estatuto de refugiado se nacionalice a los cinco años, y el apátrida espere diez como el resto de inmigrantes". "Ahora que se va a aprobar una nueva Ley de Asilo se debería dar rango legal a la normativa de apatridia para que puedan trabajar", propone Valiente.

Álvarez se felicita, en cambio, de que España se atenga a la convención de los Derechos del Niño que "estipula que para evitar la apatridia se debe conceder al niño la nacionalidad del lugar en el que nace". Sin esa salvaguarda se quedó Taisir (nombre falso). En 1962 Bashar al Assad desposeyó de nacionalidad siria a 200.000 kurdos independentistas, entre ellos su padre. Así que inscrito en el registro de extranjeros, Taisir no pudo estudiar la secundaria ni cobrar una pensión. Con el pasaporte de su tío viajó al Líbano en 2007-habían detenido a compañeros del ilegal Partido de la Unión Democrática (PYD)- y desde allí a Madrid. "La persona a la que había pagado para que me trajese nos dijo a mi primo y a mí que aguardásemos mientras arreglaba los papeles, pero nunca volvió", relata. Desde entonces, de eso hace seis meses, vive en un centro de CEAR en Madrid, mientras que la Asociación Comisión Católica de Migraciones (ACCEM) le proporciona respaldo jurídico. El pasado 21 de abril le denegaron el refugio y ha solicitado la apatridia. "El papel del abogado es muy complicado. Hay que tener en cuenta la historia; las pruebas que, al menos como indicios, la acredita, y la legislación, a veces de tres o cuatro países", subraya Valiente.

Pero felizmente el cuento no siempre acaba mal. Claudia (identidad falsa) es una de las primeras personas registradas como apátridas en España. Católica y nacida en Alepo (Siria) en 1953, de padre sirio y madre armenia, abandonó su país por el genocidio musulmán de cristianos. Su familia se estableció en Azerbaiyán, donde desarrolló una exitosa carrera como arquitecta. De allí salió en 1988, cuando un grupo musulmán asesinó a su marido y su hija, y en la huida perdió su pasaporte soviético. Con su hijo de siete años herido, se trasladó a Djermouk, en Armenia, y obtuvo una tarjeta de refugiada azerbaiyana. Estando allí, la URSS se disolvió como un azucarillo en 15 repúblicas y dejó a 287 millones de personas necesitadas de una nueva identidad. También a Claudia quien, amenazada por los cristianos gregorianos, se subió a un camión con lo puesto. Llegó a Cataluña en barco y, como Taisir, quien la trajo se quedó con sus papeles. El poco dinero que tenía lo gastó en ir a Madrid y de allí la derivaron a un centro de CEAR en Málaga. Hoy vive en Madrid con una pensión por minusvalía.

El violinista Mstislav Rostropovich, privado de la nacionalidad en 1978 por "actos sistemáticos contra el prestigio de la URSS", emocionado tocó a Bach al tiempo que caía el muro de Berlín. "Mientras iba quedándose sin piedras, recuperé de nuevo mi nacionalidad perdida... Borró 15 años de vergüenza y humillaciones". Un año más tarde Gorbachov le sacó del mundo salvaje que no consiguió nunca enmudecer a Arendt.

Fuente: El pais