Viatge als campaments
Alba Martínez, membre de Sàhara Horta Jove, va baixar als campaments la Setmana Santa d'aquest any 2007. En l'escrit següent l'Alba, que també va fer una tasca de seguiment de les obres que Sahara Horta ha realitzat a la tarbia de Bucraa, ens explica les seves impressions i vivències d'aquest viatge.
Hace ya unas semanas que volví de los campamentos de refugiados saharauis. Me pidieron un pequeño reportaje en el cual explicase la realidad en la que viven. Tras intentarlo una y otra vez, mis sentimientos hacia este pueblo enmascaraban una triste realidad. Ahora, cuando todas aquellas sensaciones, cuando todos los sentimientos que te envuelven al compartir unos días con ellos están ordenados y guardados en un lugar dentro de mi, ahora es cuando puedo explicaros la realidad tal y como yo la he vivido.
Explicaros que estos niños y niñas que durante dos meses de verano están en vuestras casas, que os llenan el corazón, que os hacen descubrir pequeños detalles antes imperceptibles… estos niños allí, en la hamada, van a una escuela que se está cayendo a trozos, una escuela que tras las inundaciones pasadas se ha quedado con la mitad de las aulas inutilizadas, donde la falta de material ralentiza la enseñanza a unos niños sedientos de absorber conocimiento, donde los profesores son escasos… A pesar de todo, día a día se esfuerzan para que el 100% de los niños estén escolarizados.
Y sigues caminando por los campamentos, donde la mitad de las construcciones de adobe se han derruido; y llegas a un hospital en el que todas las puertas están cerradas y la persona encargada de las llaves no está en ese momento… Y preguntas ¿y si viene algún enfermo? Y con la mirada en el suelo te contestan “Nos faltan médico
s para cubrir las necesidades primarias; si el encargado falta, nadie abre las puertas”. Y tras intentos e intentos, un día aparece el único encargado de las llaves y con una mirada triste te enseña las habitaciones donde deberían reposar los enfermos para sanar. Una pequeña sala oscura, con paredes agrietadas, camillas llenas de mugre… una ventana que se cae frente a nosotros… y en la salida una cola de madres con sus hijos esperando una vacuna.
Y te hablan con admiración del hospital general de Rabuni, y te cuentan que allí los enfermos tienen “medicamentos”. Luego te das cuenta que este también tiene las puertas cerradas, que llegar
hasta él es complicado puesto que no hay ninguna carretera que facilite el acceso… pero eso sí, al menos sus paredes están en pié, nuevas, pero ¿hasta cuando? Allí en Rabuni puedes ver los almacenes de comida, mejor dicho, los VACIOS almacenes de comida, pues tan sólo unos pocos sacos de harina llenan algún que otro contenedor. La ayuda humanitaria llega con retraso.
Hacía siete años que no iba a los campamentos y algo que me sorprendió realmente fueron las diferencias de clases sociales que se han creado en estos últimos años ¿Dónde está aquel espíritu que me enseñaron de compartir todo
aquello que la familia acogedora les enviaba? ¿Dónde está el ayudar a sus vecinos si tienen falta de algo? Es triste ver que mientras algunos disponen de tres placas solares, cuatro o cinco habitaciones de adobe con su haima, una cocina y una nevera de gas, un televisor… otros, familias enteras, en cambio, siguen viviendo en tan sólo una haima ya gastada por el tiempo.
Otro tema preocupante, pero no tengo datos de ello: el SIDA está presente. La falta de información es total, desconocen la sintomatología de la enfermedad y la forma de contagio, el mayor enemigo para erradicar la enfermedad…
Y por último, quizás la imagen más desoladora de todo el viaje. Sales de Smara y frente a ti el desierto… sí, una inmensa extensión de arena con kilómetros y kilómetros de basura, basura acumulada a lo largo de estos treinta y dos años… triste.

Alba Martínez